El escudo de armas de una familia, tallado a mano sobre un sello de oro, plata o piedra, reproduce en lacre un símbolo que puede remontarse siglos atrás. Poseer un sello con las armas propias es, ante todo, un acto de memoria: la afirmación de que uno pertenece a un linaje, a una historia, a algo más grande que uno mismo.
Un sello grabado a mano con su escudo es la joya heráldica por excelencia. Una pieza que se encarga, se espera, se disfruta y se hereda.
El proceso comienza con el estudio del escudo: sus cuarteles, sus figuras, su historia. A continuación elaboro un diseño previo para su aprobación, y solo entonces se inicia el grabado definitivo a mano con buril. Cada pieza es única, con la profundidad y el brillo que solo la mano puede dar al metal: cada figura tiene peso, cada trazo tiene vida, arte, entrega.